GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. IBIZA

De las cajas que llegan a Ibiza, se hace cargo D. José Beltrán y Alegre, que había sido el pavorde de la Catedral ibicenca en 1782, cuando se creó la diócesis.

Beltrán ocultó el tesoro y las reliquias en una casa que alquiló al efecto en Dalt Vila, el barrio antiguo de la ciudad, casa cuya localización exacta se desconoce en la actualidad.

Pero Beltrán era ya un hombre muy mayor, y falleció al poco tiempo, en junio de 1811.

 

El 15 de junio llega a la isla, procedente de Valencia, Pedro Vicente Calbo, que desde entonces se convierte en custodio de los bienes materiales y espirituales de su Catedral.

A D. Pedro no le gusta lo que ve. El lugar de almacenamiento le parece poco seguro, e inmediatamente decide buscar otra ubicación.

El edil de Sanidad, Pedro Palau Ripoll, un abogado de Sant Miquel, le encuentra un emplazamiento más adecuado en la calle de la Cruz, al lado de lo que entonces se llamaba la primera estacada.

Aquella casa es actualmente el número 25 de la calle Sa Creu de la Marina, pero el edificio que hay allí ahora (una vivienda construida en 1904) no es el de entonces, que era un almacén. La Marina no existía; era sobre todo campo, con un mercado de verduras, cuatro casitas y la iglesia de Sant Elm.

 

Desde el principio D. Pedro tuvo que hacer frente a las insistentes peticiones del cabildo de la Catedral ibicenca. El obispo, Blas Jacobo Beltrán (que fue diputado por Aragón en las Cortes de Cádiz) le reclamaba constantemente que trasladara todas las reliquias a la Catedral de Dalt Vila. El custodio, invariablemente, contestaba: “Nones”. D. Pedro era un hombre tozudo. No permitiría que nadie más que él custodiara el Santo Cáliz, tal como se le había encomendado.

Dejar las reliquias en la Catedral implicaba perder el control sobre las mismas. D. Pedro era un hombre desconfiado. Quizás con motivos...

 

En cualquier caso, la estancia en Ibiza transcurrió sin contratiempos; la presencia de todos aquellos objetos de valor en la isla se mantuvo en secreto; nadie, salvo unos pocos religiosos y el edil que ayudó a D. Pedro a encontrar la casa, sabía nada.

 

Pero las cosas cambiarán cuando, el 15 de febrero de 1812, D. Pedro y los objetos custodiados tengan que trasladarse a Mallorca...

 

A partir de ese momento, el recelo, la preocupación y la indignación de D. Pedro irán en aumento. Pero su determinación de salvaguardar el Cáliz a toda costa se mantendrá inamovible...

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